reconocimiento Manuel Leiva

“Cuando jubile quisiera tener mi propio embalse La Laguna para no echarle de menos”

“Para trabajar en esto hay que ser duro”, recalcó Manuel Leiva Álvarez tras ser reconocido por la Junta de Vigilancia del Río Elqui (JVRE) por sus 36 años al servicio de la organización, específicamente en el Embalse La Laguna. Llegó a este embalse como vigilante, rol en el que se desempeñó por diez años, pasando posteriormente a ser embalsero.

Tras este importante reconocimiento, realizado en el mismo embalse, la Presidenta de la JVRE, Mariela Arqueros Vargas, señaló que “vinimos a reconocer los treinta y seis años que tiene Manuel Leiva en el embalse. Es un funcionario que ha estado muy comprometido con nuestra junta de Vigilancia, por lo que nos pusimos de acuerdo y viajamos todos, fue una sorpresa para él”.

Durante la actividad se le entregó a Manuel un galvano y un reloj grabado con sus años de servicio, sobre lo que el festejado señaló que “este es un reconocimiento muy bonito, estoy muy agradecido porque no pensaba que me iban a hacer un agradecimiento así”.

Manuel está cerca de cumplir los 62 años y es oriundo de Las Rojas. Es un hombre de pocas palabras y más bien reservado, a pesar de lo que se percibe como una persona muy cálida.

Al ser consultado sobre su relación con la Laguna se llena de emociones, señalando fuerte y claro que “cuando jubile quisiera tener uno propio para no echarlo de menos. Más acostumbrado estoy acá que abajo, porque cuando llego abajo me molesta el ruido de la tele, la radio, y acá no, acá hay espacio y tranquilidad. Allá abajo están los vehículos pasando por el lado de la casa y muchas cosas que acá no se sienten. Acá se puede apreciar bien la luna, las estrellas y allá abajo no se puede por las luces”.

Pero como todo en la vida, este trabajo también tiene sus contras. El mismo Manuel insiste en que para hacer este trabajo “hay que ser duro, porque uno deja todo abajo, la familia. A mis hijos mayores casi no los vi crecer, porque más estaba acá que en la casa, pero ahora con el menor estamos más parejos. Además no hay comunicación, no se sabe de nadie, por lo menos ahora estamos más en contacto”.

            Otra dificultad la trae la altura.  La Laguna está a 3.150 metros sobre el nivel del mar y Manuel recuerda como una anécdota graciosa su primera subida, cuando “me dio la puna y se me fue al estómago”. Para ese entonces no conocía los efectos de la altura, por lo que “apenas llegué empecé a caminar como loco, después me dijeron que tenía que calmarme”.

Hoy esto ya está superado, es más, nunca más tuvo efectos por la altura y hoy juega partidos de fútbol de vez en cuando y sale a trotar cada mañana.

 

El diario vivir y las rutinas

 

Respecto de la rutina diaria, detalla que “nos levantamos en las mañana ¼ para las ocho de la mañana a tomar mediciones y tomar desayuno. Después vemos la cota arriba del embalse y bajamos por la calle para ver cómo está el alambrado, si está roto o no, luego damos otra vuelta. Por la tarde se repite. Damos tres vueltas para ver si hay alguna novedad por el camino”.

            Uno hace el almuerzo y ve las cosas de la casa, mientras el otro realiza los recorridos. “Nos vamos turnando”, detalla. Los informes a Puclaro se hacen dos veces al día, uno en la mañana y el otro por la tarde, sin embargo, el canal de comunicación permanece siempre abierto a través de la radio.

Desde que entró a trabajar en La Laguna, y contando a los funcionarios hoy en ejercicio, han pasado once trabajadores por este embalse. Recuerda con especial cariño a Gonzalo Mery, por haber trabajado más años junto a el. Cuenta que Mery entró a La laguna el año 82 hasta aproximadamente el 90, siendo apodado por los compañeros de trabajo como “el camarada”, porque “a todos nos trataba de camarada”.

Hoy Manuel siente cercana la edad de jubilar, sin embargo, señala que está únicamente preocupado por el día a día. “Ya veremos lo que pase cuando me toque jubilar”.

Compartir en .....