A fines de marzo miles de jóvenes chilenos atraviesan uno de los umbrales más decisivos de su vida: el ingreso a la educación superior. Para algunos es la continuidad natural de una trayectoria escolar; para otros, el primer paso de su familia en la universidad. Sin embargo, lo que pocos anticipan es que el mayor desafío no es académico en el sentido tradicional, sino profundamente humano: aprender a gestionar la propia libertad.
Un reciente reportaje, basado en orientaciones de especialistas y experiencias institucionales, advertía que el primer año universitario suele ser el momento de mayor desorientación académica y personal para los estudiantes. No es casual. La universidad exige una autonomía que el sistema escolar raramente enseña: organizar el tiempo, sostener el esfuerzo en el largo plazo y asumir que aprender ya no depende solo del profesor, sino del propio estudiante.
Aquí conviene despejar un mito persistente. La universidad no está diseñada para “super talentos”. Está diseñada para jóvenes normales que desarrollan hábitos extraordinarios. La evidencia internacional es clara: la persistencia académica depende menos de la inteligencia inicial que de habilidades como la planificación del estudio, la constancia semanal y la autorregulación del aprendizaje (OECD, 2019; Tinto, 2017). En otras palabras, sobrevivir —y avanzar— en la educación superior requiere algo mucho más simple y a la vez más difícil: disciplina cotidiana.
Por eso, uno de los aprendizajes clave del primer año es tratar el estudio como un trabajo intelectual. Quien ingresa a la universidad necesita reservar horas protegidas durante la semana para leer, preparar clases y revisar contenidos. No estudiar “cuando quede tiempo”, sino construir una rutina, del mismo modo que lo hacen los adultos cuando cumplen una jornada laboral. Dejar todo para la víspera de una prueba no es solo un mal hábito: es la receta perfecta para el abandono temprano.
Por Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación UNAB.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en los estudiantes. Las universidades del siglo XXI también han debido transformarse. Los estándares de calidad promovidos por la Comisión Nacional de Acreditación exigen que las instituciones implementen sistemas de acompañamiento académico y psicosocial durante la trayectoria formativa (CNA, 2022). Tutorías disciplinarias, programas de habilidades de aprendizaje y apoyo psicológico se han vuelto parte central del ecosistema universitario, precisamente porque la evidencia muestra que la transición desde la escuela es un momento crítico para la permanencia estudiantil (UNESCO, 2021; Superintendencia de Educación Superior, 2023).
Hay, además, un actor que muchas veces se olvida en esta conversación: la familia. Lejos de desaparecer en la etapa universitaria, su rol se vuelve más relevante que nunca. Diversos estudios muestran que las expectativas familiares, el apoyo emocional y la confianza depositada en los jóvenes inciden directamente en su permanencia y bienestar académico (OECD, 2020). La universidad no es un camino que se recorra en soledad.
El primer año universitario, entonces, no es una carrera de velocidad, sino una escuela de carácter. Quien aprende a ordenar su tiempo, pedir ayuda cuando la necesita y sostener el esfuerzo incluso en la incertidumbre descubre algo fundamental: que el éxito universitario no pertenece a los genios, sino a quienes desarrollan el hábito silencioso de seguir avanzando cada semana.
Porque en la educación superior, más que talento, lo que realmente marca la diferencia es la perseverancia.











