¿Queda comida para mañana? ¿Hay que comprar detergente? ¿A qué hora era la cita médica? ¿Quién hará las compras? ¿Está lista la ropa para el día siguiente?
Para muchas personas, salir del trabajo no significa necesariamente dejar de trabajar. Al llegar a casa comienza un “segundo turno” compuesto por tareas domésticas, cuidados y, sobre todo, una larga lista de pendientes que hay que recordar, organizar y anticipar.
Por eso, terminar el día agotado después de cocinar, ordenar o limpiar no necesariamente se explica solo por el esfuerzo físico.
“Ordenar, limpiar o cocinar requieren esfuerzo físico, pero también planificación, toma de decisiones, organización del tiempo, atención y resolución constante de problemas”, explica Caroline Landeros, directora de Terapia Ocupacional de la Universidad Andrés Bello.
La lista de pendientes que nunca se apaga
A este fenómeno se le conoce como carga mental: el trabajo invisible necesario para que la vida cotidiana funcione.
“No se trata solamente de realizar las tareas, sino de pensar permanentemente en ellas: recordar qué falta comprar, planificar las comidas, coordinar horarios, anticipar necesidades de los hijos o familiares, gestionar citas y resolver problemas cotidianos antes de que aparezcan”, señala Landeros.
Es decir, alguien puede no estar haciendo aseo en ese momento y, aun así, continuar mentalmente ocupado en todo lo que queda por hacer.
La atención, memoria, planificación y anticipación permanecen activas durante gran parte del día, lo que puede generar estrés, agotamiento y sensación de saturación. Además, a diferencia de un trabajo remunerado, las tareas domésticas muchas veces no tienen horario de término ni pausas establecidas.
La académica advierte que tampoco se trata de una carga distribuida siempre de manera equitativa. Históricamente, explica, las mujeres han asumido una mayor proporción de las responsabilidades domésticas y de cuidado, incluida esta coordinación invisible.
“Yo te ayudo”: por qué repartir tareas puede no ser suficiente
Uno cocina y otro lava los platos. ¿Problema resuelto? No necesariamente.
Si una persona sigue siendo quien decide qué se cocinará, revisa qué falta, hace la lista de compras y recuerda cuándo hay que comprar, gran parte de la responsabilidad continúa recayendo sobre ella.
Por eso, Landeros plantea que la corresponsabilidad implica distribuir no solamente quién ejecuta una tarea, sino también quién la recuerda, planifica y coordina.
Entre las estrategias recomienda establecer responsabilidades claras, utilizar calendarios o listas compartidas, revisar periódicamente la distribución de las labores y proteger espacios de descanso, ocio y vida social para todos los integrantes del hogar.
“El primer paso es reconocer que las tareas domésticas y de cuidado constituyen un trabajo real que requiere tiempo, energía y organización”, enfatiza.
Y existe una diferencia importante entre organizarse mejor para hacer más cosas y hacerlo para vivir con menos sobrecarga.
“Más que enseñar a las personas a ‘hacer más’, el desafío es construir formas más equitativas de distribuir las responsabilidades cotidianas”, concluye Landeros.










