La reciente mirada de Guillermo del Toro sobre el mito de Frankenstein nos devuelve una pregunta que, desde el psicoanálisis, nos invita a una reflexión latente: ¿qué ocurre con el psiquismo de aquel que nace sin ser nombrado? La potencia narrativa de la novela ha trascendido hasta convertir a la criatura en una figura arquetípica que, con una lucidez descarnada, nos pone frente al espejo de la condición humana.
En este relato, Víctor Frankenstein posee un nombre y un lugar en el mundo, aunque ese lugar sea una periferia solitaria y excéntrica. Su creación, en cambio, carece de palabra que la aloje: es solo “el monstruo”. Esta ausencia de nombre no es un detalle menor; marca una fractura en su existencia simbólica. Lo que no se nombra difícilmente se integra en la cultura y queda, por tanto, arrojado al desvalimiento. Sin embargo, sabemos que lo que no se tramita por la palabra no desaparece; se integra de formas que escapan al pensamiento, manifestándose en el cuerpo y en la insistencia de la repetición.
Del Toro, con su maestría para humanizar la sombra, nos permite habitar las distintas caras de un mismo acontecimiento, sin pretender que una sola lectura agote la complejidad de lo que vemos en pantalla. Por un lado, nos asomamos a la mirada de la criatura: un ser profundamente humano que, en su búsqueda errante por los orígenes, manifiesta una ternura y una furia inesperadas. Es revelador su vínculo con un hombre ciego y la conexión que logra con la joven Elizabeth Lavenza; sujetos que, al no ser capturados por la imagen especular del horror, logran percibir una subjetividad allí donde otros solo ven un residuo. Es el encuentro de soledades que se reconocen en lo que la norma etiqueta como “lo diferente”.
No obstante, para entender al “monstruo”, debemos auscultar la herida de su creador. Más allá de cuestionar si Víctor es o no un villano, estamos ante un sujeto marcado por su propia historia de duelos tempranos. La pérdida de sus padres lo fija en una posición que le impide procesar la finitud. En un intento desesperado por desmentir la muerte, busca “crear vida”, pero lo que engendra es la puesta en escena de su propia tragedia. El monstruo encarna la historia que lo persigue: es el retorno de lo reprimido, el recordatorio constante de esa pérdida que Víctor no pudo simbolizar y que ahora cobra una materialidad aterradora frente a él.
Cuando el linaje se rompe y el padre rechaza su creación, se toca una fibra constitutiva: esa matriz de seguridad y completud que queda lastimada, pero que abre la posibilidad de ser reparada a través del reconocimiento. El pedido de la criatura por una pareja no es un capricho; es un grito por el derecho a la identidad y a la alteridad. Es la necesidad básica de encontrar un semejante que valide su existencia en un mundo que lo expulsa.
Al final, esta narrativa nos obliga a apartar la vista de la pantalla y dirigirla hacia nuestra propia historia. Nos invita a preguntarnos: ¿Qué duelos o pérdidas aún no resueltas cargamos nosotros? ¿Qué es aquello que, al no ser tramitado, insiste en repetirse en nuestras vidas como una sombra? Quizás, al igual que Víctor Frankestein, todos tenemos una criatura sin nombre esperando ser reconocida para dejar de ser un monstruo.
Por Angélica Bastías Paredes, Psicóloga del Centro de Atención Psicológica de la UNAB.











