Vivimos en una sociedad que muchas veces premia la productividad y deja el descanso en un segundo plano. Dormir poco suele normalizarse como parte de la rutina, especialmente entre estudiantes, trabajadores y cuidadores. Sin embargo, el sueño es una necesidad biológica fundamental y uno de los pilares más importantes para mantener una buena salud mental.
Cuando una persona duerme mal de manera sostenida no solo acumula cansancio. También puede presentar irritabilidad, dificultad para concentrarse, cambios de ánimo, menor tolerancia al estrés y una mayor vulnerabilidad frente a problemas como la ansiedad y la depresión. El cerebro necesita descansar para regular adecuadamente las emociones, consolidar aprendizajes y recuperarse de las exigencias cotidianas.
En la actualidad, las pantallas, los horarios extensos y las rutinas aceleradas han transformado el descanso en un desafío permanente. Muchas personas se acuestan revisando redes sociales, respondiendo mensajes o trabajando, sin dar espacio a una desconexión real antes de dormir. Esta hiperconectividad mantiene al cerebro activo y dificulta alcanzar un sueño reparador.
La buena noticia es que existen medidas simples que pueden marcar una diferencia. Mantener horarios regulares de sueño, evitar la cafeína en la tarde y noche, realizar actividad física, limitar el uso de pantallas antes de acostarse y reservar el dormitorio principalmente para descansar son hábitos que ayudan a mejorar la calidad del sueño.
Como sociedad debemos comprender que descansar no es perder tiempo. Al contrario, es una inversión en bienestar, salud mental y calidad de vida. Promover una cultura que valore el sueño en las familias, establecimientos educacionales y lugares de trabajo es también una forma concreta de prevención. Dormir bien no es un lujo: es una necesidad para vivir mejor.
Javiera Cataldo – Académica Facultad de Enfermería – Universidad Andrés Bello










