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Jueves, Septiembre 17, 2026
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De una moneda de oro a la piocha presidencial, los metales que cuentan la historia de Chile

La historia de Chile también puede contarse a través de sus metales. Están en monedas, insignias de poder, piezas de orfebrería y joyas familiares que han sobrevivido a quienes originalmente las usaron. Algunas tienen un valor histórico incalculable; otras permanecen guardadas en una caja dentro de una casa. Pero todas comparten la característica de que fueron hechas para permanecer.

Septiembre ofrece una coincidencia especialmente significativa. Hace 277 años, el 10 de septiembre de 1749, se acuñó en Santiago la primera moneda hecha en Chile. Era de oro, correspondía a cuatro escudos —también llamada “media onza”— y llevaba en una de sus caras la imagen del rey Fernando VI. La pieza inauguró una historia monetaria que comenzaría incluso antes de que Chile existiera como república.

¿Por qué oro? Durante siglos, sus características físicas, su relativa escasez y su capacidad de conservarse lo convirtieron en un material asociado al valor. Pero el paso del tiempo demuestra que un metal precioso puede adquirir además la dimensión de ser una pieza con historia.

Cuando hablamos de algo hecho en oro, no solamente debemos fijarnos en el precio que puede alcanzar por su peso. Una pieza reúne material, trabajo, procedencia, antigüedad y, muchas veces, una historia que es imposible medir económicamente. Eso ocurre con una moneda histórica, pero también puede suceder con una joya que una familia conserva durante generaciones”, explica Juan Carlos Cano, subgerente comercial, de Aurus Joyería.

Del oro colonial a un símbolo del poder presidencial

El vínculo entre los metales preciosos y la historia nacional no terminó con las monedas. Uno de los ejemplos más reconocibles aparece cada vez que Chile realiza un cambio de mando: la piocha de O’Higgins, una estrella de cinco puntas confeccionada en oro y esmalte rojo que se coloca en el extremo inferior de la banda presidencial. El Senado la describe como una de las insignias más simbólicas asociadas a la transmisión del mando.

La pieza que existe actualmente no es la original. La histórica desapareció en 1973 y posteriormente se confeccionó una réplica a partir de los antecedentes disponibles. Sin embargo, su significado sobrevivió al objeto. Hasta hoy, colocarla sobre la banda representa simbólicamente la entrega del poder presidencial.

“Eso muestra algo muy interesante. El material importa, pero también importa lo que una sociedad deposita sobre ese objeto. Un metal puede transformarse en moneda, en joya o en una insignia y, desde ese momento, comienza a acumular una historia que puede terminar siendo mucho más valiosa que el propio material”, agrega Cano.

Cuando una moneda dejó de ser dinero y se convirtió en joya

Pero la historia de los metales en Chile no pertenece únicamente a las instituciones. Existe otra expresión fundamental en la platería mapuche.

Según Memoria Chilena, hacia fines del siglo XVIII las monedas de plata provenientes del comercio en La Frontera comenzaron a ser utilizadas como materia prima por orfebres mapuche. En lugar de conservarlas como medio de intercambio, eran fundidas o martilladas para transformarlas en joyas, adornos y elementos utilizados en ceremonias y en la vida social. Durante el siglo XIX, esta orfebrería alcanzó un importante desarrollo y sus piezas adquirieron también significados asociados al estatus y la identidad.

Es quizás uno de los ejemplos más gráficos de cómo puede cambiar el significado de un metal: la misma plata que servía para pagar podía dejar de ser moneda para convertirse en una pieza cultural.

Las pequeñas piezas que cuentan historias grandes

Esa relación entre metal, memoria y pertenencia continúa existiendo a una escala mucho más cotidiana.

Los primeros aros regalados a una niña, una medalla de bautizo, las argollas de matrimonio, una cadena que perteneció a una abuela o una joya recibida al cumplir 18 o 21 años probablemente nunca llegarán a un museo. Tampoco necesitan hacerlo para tener valor.

“En joyería vemos algo que probablemente ha ocurrido durante siglos. Una persona adquiere una pieza pensando en ella y, décadas después, esa misma joya puede estar en manos de un hijo o un nieto. El oro y la plata tienen esa particularidad de poder acompañar varias generaciones. Por eso una joya puede reunir dos dimensiones que no son excluyentes, por un lado, tiene un valor emocional enorme, pero al mismo tiempo sigue existiendo un material precioso que conserva un valor económico”, señala Juan Carlos.

Desde aquella primera media onza de oro acuñada en Santiago en 1749 hasta una argolla que hoy permanece guardada esperando pasar a la siguiente generación, han transcurrido casi tres siglos. Los objetos cambiaron. Chile también. El metal permaneció.

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