Era 1525 cuando Pedro de Valdivia y Marina Ortiz de Gaete celebraban su matrimonio en España. Sí, el mismo conquistador de nuestro país que años más tarde fundaría Santiago y cuyo nombre aparece en los libros de historia. Pero, hoy no nos referiremos a este personaje, sino a la mujer que esperó casi 20 años al otro lado del océano creyendo que algún día compartiría la gloria que su esposo construía en América.
Mientras Valdivia conquistaba territorios, también iniciaba una relación con Inés de Suárez, quien se transformó en su compañera durante la expedición a Chile. El escándalo fue tal que las autoridades civiles y eclesiásticas del Perú lo obligaron a poner fin a esa convivencia, casar a Inés con Rodrigo de Quiroga, uno de los capitanes más fieles y respetados de la expedición de Valdivia, y traer desde España a su verdadera esposa, Marina.
Y ahí comienza uno de los relatos menos conocidos de la conquista.
Se cuenta que, al enterarse del prestigio y las supuestas riquezas alcanzadas por Valdivia, Marina gastó un dineral en vestidos, joyas y enseres para emprender el viaje hacia el Nuevo Mundo. Imaginaba una vida de privilegios. Sin embargo, al llegar a América en 1555, encontró una realidad devastadora: su marido había muerto en Tucapel, las propiedades estaban embargadas y las deudas superaban con creces cualquier fortuna.
La mujer que cruzó el océano soñando con riquezas, terminó vendiendo sus pertenencias para poder subsistir. Durante más de 20 años litigó para recuperar los bienes que, por derecho, le correspondían. Incluso escribió al rey Felipe II solicitando una pensión que le permitiera vivir con dignidad. Nunca llegó la vida que había imaginado.
Aun así, decidió quedarse en Chile. No volvió a casarse y vivió modestamente hasta su muerte, en 1592. Lo poco que conservaba era un terreno en la Cañada de Santiago, el mismo que donó a la orden franciscana y donde hoy se levanta la histórica Iglesia de San Francisco, la construcción más antigua de la capital.
La tradición suele recordar a los conquistadores por sus victorias, derrotas o romances. Pero pocas veces se detiene en quienes pagaron silenciosamente el costo de esas decisiones. Marina Ortiz de Gaete nunca empuñó una espada ni encabezó una expedición. Su batalla fue otra, sobrevivir a las promesas incumplidas, a la ausencia, infidelidad y a las deudas de un hombre que pasó a la historia.
Quizás la verdadera conquista de Marina no fue la de un territorio, sino la de su propia dignidad.
Por: José Pedro Hernández Historiador y académico de Universidad de Las Américas










