El 23 de septiembre de 1978, aproximadamente a las 17:00 horas, ocurrió en el sector precordillerano de Quebrada de Macul, en Santiago, uno de los episodios más conocidos de la ufología chilena.
Los protagonistas fueron Alejandro Hernández Pérez, de 40 años, y su hijo Robinson Hernández, quien entonces tenía 12 años. Ambos aseguraron haber vivido una experiencia de abducción mientras se encontraban en el vehículo familiar, un Chevrolet Chevelle Malibu Classic americano de 1973, color verde metalizado.
El caso alcanzó amplia repercusión en la prensa y televisión de la época y fue investigado por periodistas, científicos y estudiosos del fenómeno OVNI. Incluso ese mismo año los protagonistas participaron en una jornada de investigación desarrollada en el Hotel Francisco de Aguirre de La Serena.
Pero, a 48 años de aquellos acontecimientos, surge un nuevo capítulo.
La experiencia de Alejandro Hernández Lemus
Alejandro Hernández Lemus, hijo de Alejandro Hernández Pérez y hermano de Robinson, decidió revelar públicamente una experiencia que asegura haber vivido en 1980, cuando tenía ocho años.
Según su testimonio, una tarde, cerca de las 18:00 horas, se encontraba a pocos metros de su hogar familiar en Villa Macul cuando observó hacia la cordillera una nave con grandes luces amarillas, naranjas, blancas y rojas.
Hernández relata que el objeto giraba sobre su propio eje, mientras su parte superior permanecía fija. Asegura además haber observado ventanas y dos seres con trajes ajustados en su interior.
“Observaban sonrientes e irradiaban mucha paz”, recuerda.
De acuerdo con su relato, después de algunos instantes el objeto aceleró, pasó sobre él y la vivienda donde se encontraba y desapareció rápidamente en dirección oeste.
Durante años mantuvo esta experiencia como un recuerdo íntimo, sin comprender que posteriormente la relacionaría con la historia ufológica de su propia familia.

Una investigación desde el interior de la familia
Entre 1987 y 1989, Hernández Lemus acompañó a su padre en extensos viajes por Chile y otros países de América, recorridos que, según señala, superaron los 12 mil kilómetros.
Aquellas largas jornadas permitieron que padre e hijo conversaran innumerables veces sobre lo ocurrido en Quebrada de Macul.
“Las miles de horas compartidas me permitieron formular preguntas que ningún periodista o investigador tuvo nunca la oportunidad de plantear”, sostiene.
Con el paso de los años también quedó bajo su custodia parte importante del archivo familiar, incluyendo un álbum confeccionado por su padre con recortes de prensa y documentación relacionada con el caso.
En 2001 decidió profundizar la investigación. Ese año grabó en una cinta de casete el relato completo de su padre sobre los acontecimientos de 1978 y posteriormente contactó al psiquiatra e investigador OVNI Mario Dussuel Jurado, quien había entrevistado a los protagonistas después del episodio.
Durante ese encuentro pudo escuchar grabaciones originales realizadas por Dussuel décadas antes, en las cuales su padre y su hermano relataban con sus propias voces lo sucedido.
La revelación de 2001
Hernández afirma que durante aquella investigación ocurrió otro episodio que modificó la interpretación que tenía de su experiencia infantil.
Relata que una persona que llegó al departamento de Mario Dussuel, a quien posteriormente identificó como vidente y contactado, le preguntó inesperadamente por “la luz de los ocho años”, pese a que asegura no haber compartido anteriormente esa experiencia.
Según Hernández, esta persona sostuvo que durante su infancia habría sido objeto de una intervención al interior de una nave y vinculó el episodio con una cicatriz que posee en la parte superior izquierda del pecho.
Se trata de una interpretación testimonial y personal que Hernández incorporó desde entonces a su historia vinculada al fenómeno OVNI.
Posteriormente compartió públicamente su experiencia junto al doctor Mario Dussuel, primero con estudiantes de la Universidad Mariano Egaña, luego en Radio Portales, en el programa “Mundo Espacial” de Patricio Varela, y también durante una actividad del entonces CEFAA, organismo dependiente de la Dirección General de Aeronáutica Civil.
La “segunda generación” del caso Quebrada de Macul
Hoy, 48 años después del episodio de 1978 y 25 años después de comenzar su propia investigación, Alejandro Hernández Lemus plantea que la historia de Quebrada de Macul no terminó con la experiencia vivida por su padre y su hermano.
Para Hernández, su avistamiento de 1980, la documentación conservada durante décadas y las experiencias posteriores conforman lo que denomina una “segunda generación” del caso.
Uno de los antecedentes que considera especialmente relevante es una frase que, según el testimonio original, habría sido transmitida a su padre durante la experiencia de 1978: “Estamos tomando contacto con personas justas”.
Hernández señala que durante años su padre interpretó aquella expresión como una referencia a “una cantidad justa de personas”, mientras que actualmente la familia analiza el mensaje desde una perspectiva más amplia.
Hermanos iniciarán rescate de nuevas experiencias
Uno de los aspectos novedosos de esta nueva etapa es que Alejandro Hernández, junto a sus hermanos Mónica y Robinson, decidió iniciar un proceso de recuperación y apertura de las experiencias que cada integrante de la familia asegura haber vivido.

“Con mis hermanos Mónica y Robinson, desde el centro de la familia, hemos decidido iniciar un proceso inédito de rescate y apertura de las experiencias que cada uno ha vivenciado”, señala Hernández.
La iniciativa contempla además la preservación del archivo documental reunido durante casi cinco décadas, incluyendo registros de prensa, fotografías, grabaciones y testimonios vinculados al episodio original.
Para Alejandro Hernández Lemus, el caso Quebrada de Macul debe ser entendido como una historia que continúa desarrollándose.
“El caso OVNI Quebrada de Macul no es una foto estática ni una experiencia congelada. Al contrario, evoluciona (…) integrando, al igual que una serie o película, nuevos personajes e historias”, concluye.
De esta forma, casi medio siglo después de aquel 23 de septiembre de 1978, uno de los casos más recordados de la ufología chilena abre un nuevo capítulo, esta vez contado desde la segunda generación de una familia que asegura que su vínculo con el fenómeno continuó mucho después de aquella tarde en Quebrada de Macul.










