Estudiante de Periodismo de la región publica su experiencia tras el terremoto del 27 de febrero

PERIODISMO CIUDADANO

Estudiante de Periodismo de la región publica su experiencia tras el terremoto del 27 de febrero

Carolina Orellana es estudiante de Periodismo de la Universidad Pedro de Valdivia, sede La Serena. Cuando ocurrió el terremoto del pasado 27 de febrero se encontraba en casa de sus abuelos en la sexta región. Así recuerda lo vivido esa fatídica madrugada. Un testimonio único de una joven de la Región de Coquimbo.SEGUNDA PARTE.

3:34 am: la hora que marcó mi vida

Por Carolina Orellana. (SEGUNDA PARTE)

VER PARTE 1

Eran las 8.30 de la mañana y ya estábamos todos en pie, el sol ya alumbraba los escombros de lo que alguna vez fueron casas coloniales, el panorama era desolador, viviendas agrietadas y derrumbadas estaban por doquier, ahí pude ver la dimensión y el daño que causó la tragedia.

Poco a poco íbamos recibiendo información de otros sectores y zonas aledañas, Pichilemu, el lugar donde habíamos ido a veranear y donde estuvimos hace 1 mes atrás, estaba prácticamente bajo el agua, la comuna de Coltauco (Doñihue, Idahue, Marchihue, Loreto) y otros pueblos cercanos prácticamente ya no existían, la fuerza de la naturaleza arrasó con ciudades, pueblos y localidades completas, yo  todavía estaba incrédula no podía asimilar que el daño fuese tan grande. Cuando por fin comenzaron a entrar las llamadas de los celulares yo lo único que pedía en cada llamada que hacían,  era que digieran   lo que estaba saliendo en las noticias, los datos eran sorprendentes, barcos en medio del campo, carreteras cortadas, puentes caídos, gente desaparecida, tsunami en Talcahuano, maremoto, marejadas, era vivir un apocalipsis. 

Eran las 12 de la tarde y mi tío, con mi hermano y un primo entraron a lo que quedaba de la casa para poder sacar todo lo material que pudieran del comedor y de su pieza, era angustioso pero había que hacerlo, las mujeres que estábamos en la casa mientras tanto aprovechamos de limpiar, barrer y cocinar para que de alguna forma se fuera normalizando la situación, a esa hora el ánimo ya se estaba recuperando, las réplicas seguían pero se hicieron costumbre, aunque estábamos a cada momento en alerta ya que no paraba de temblar.

Después del almuerzo entré a la pieza de mis abuelos para tratar de dormir algo, pero era imposible, los movimientos seguían persistentes.

Llegada la noche los amigos más cercanos llegaron nuevamente, hacía frio así que entre todos los hombres hicieron una fogata al costado de la casa, nos pusimos a cantar, por primera vez después del terremoto me sentí relajada, entre rizas y cantos por un minuto la sensación fue como si nada había ocurrido, al menos servía para conservar el ánimo arriba. Ya eran las 2 de la mañana del 2do día después de lo ocurrido, cuando el cansancio y sueño se apoderaron de mis ganas de seguir despierta, no aguanté más y me fui a acostar, por fin pude dormir.

A las 7:30 de la mañana del 3er día, desperté por el grito de mi tía, era un temblor  fuerte, pero afortunadamente se detuvo casi al instante, abrí y cerré la ventana por donde había saltado la 1era vez, me tendí nuevamente en la cama y continué durmiendo.

4:30 de la tarde, se ve llegar un auto blanco al frente de la casa, eran tres primos y un tío que venían desde Santiago, nos abrazamos y enseguida fueron a ver lo que quedó del terremoto, también quedaron sorprendidos, después de un rato les pregunté que si sabía de lo que estaba sucediendo y me enteré que en algunas partes de la capital y otras regiones estaban haciendo toque de queda porque algunas personas se aprovecharon de la situación para robar, mi sorpresa fue al máximo; siempre me he sentido orgullosa  de ser  chilena, pero en esta ocasión me dio vergüenza el accionar de ellos.

Estaba oscureciendo y lo único que alumbraba era una hermosa luna llena, se veía majestuosa, limpia, pura en la inmensidad del cielo, lo bueno de no tener luz era que se podía admirar todo tal como era, aunque aún así el ambiente seguía siendo denso y angustioso.

Estaba afuera de la  casa cuando llegó la luz, era un gran alivio, al fin tendría televisor para ver las noticias, la necesidad me tenía ansiosa nunca había dimensionado de la importancia de la labor de los periodistas, el estar incomunicados en esta ocasión era lo que me tenía más mal.

Al 4to día cuando al fin pude ver lo que mostraban los noticieros, supe que todo lo que nos informaron por teléfono era cierto, pero  la situación era peor de lo que me esperaba, miles de personas desaparecidas, más de 2 millones de personas damnificadas y alrededor de 800 personas fallecidas (esa era la información que se estaba dando en ese minuto) , es raro pensar que a pesar de todo estoy con vida, que mi familia está bien y que los daños materiales son recuperables, las experiencias y testimonios que escuchaba por la Tv, me mantenían con la mirada fija y atónita por todo lo sucedido, no era un sueño, ni estaba dentro de una película, era la realidad, lo único que podía hacer era darle gracias a Dios por habernos dado una segunda oportunidad.

NOTA: Agradecemos a Carolina Orellana por este valioso testimonio. Invitamos a otros lectores a que también compartan sus historias de vida con nosotros. Nos pueden escribir a editor@lavozdelnorte.cl

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